>LÁZARO, MARÍA Y MARTA

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Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro. Juan 11:5.

Desde que Jesús dejó su hogar en Nazaret y comenzó su ministerio terrenal, dependió de la bondad ajena para obtener sus alimentos y conseguir dónde hospedarse. En algunas ocasiones tuvo que pasar la noche en un huerto, otras en el desierto y a menudo posaba en la casa de algunos discípulos que se animaban a confesarse seguidores de Cristo.

El hogar de Lázaro, María y Marta, que se localizaba a pocos kilómetros de Jerusalén en Betania, había servido para que el Maestro pudiera disfrutar de alimentos y de la hospitalidad de sus amigos. Era tan feliz y tan dichosa su estadía en ese lugar, que con frecuencia Jesús visitaba a los tres hermanos.

Y como le ocurre a todas las familias, esta tuvo que soportar la tragedia de la enfermedad. Conociendo el amor que Jesús les tenía y creyéndolo Mesías, el enviado de Dios, las dos hermanas le remitieron el mensaje: “Señor, he aquí el que amas está enfermo” (Juan 11:3). Ellas recordaron la cantidad de milagros que Jesús había realizado en muchas ciudades, incluso con gente que ni siquiera conocía; por eso, suponían ellas, el Salvador correría presto en su auxilio para que Lázaro recuperara la salud.

Jesús no fue enseguida, y la enfermedad de Lázaro terminó con su vida. Las dos hermanas no se explicaban por qué razón el Maestro no había venido antes ¿Sería posible que Jesús no los amara? ¿Se habría ofendido en la última visita que les había hecho? ¿Sería su voluntad que Lázaro muriera a tan corta edad?

El apóstol Juan, quien narra todo el episodio, detiene su relato para aclarar: “Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro”. El amor de Jesús seguía intacto y tan firme como cuando la salud de Lázaro estaba en óptimas condiciones. Después de cuatro días de viaje, Jesús llegó y demostró todo el amor que tenía por esta familia, devolviéndole la vida al que la había perdido.

En el presente, hay momentos que dan a entender que Jesús nos abandonó o ya no nos quiere. Hay situaciones que parecen indicar que el amor de Dios por nosotros se terminó. Pero, así como lo muestra esta historia, ni la enfermedad, ni la tragedia o cualquier tipo de desgracia, ni siquiera la misma muerte, indican que hemos perdido el amor de Jesús. El Maestro de Galilea siempre está contigo, aunque vivas momentos de mucha tristeza, porque así como amaba a Lázaro, María y Marta, también te ama a ti. Nunca lo olvides, especialmente en los momentos difíciles que te toquen vivir.

Tomado de meditaciones matinales para jóvenes
Encuentros con Jesús
Por David Brizuela

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Acerca de Daniel Eduardo Hernández Campos

Una persona jovial, abierta y espontanea, interesando en proveer de elementos positivos a quienes me rodea.
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